Emprendedores, los revolucionarios de la Literatura

Por @pilar_cgarcia, sígueme en Twitter

Cinco años, cinco, han pasado ya desde aquel día que Lehman Brothers derribó de un soplido aquel castillo de naipes con cimientos de cartón en el que todos vivíamos sintiéndonos tan protegidos. Cinco años en los que con él han desaparecido trabajos, derechos y sueños. ¿O sueños no? Los sueños son eso, sueños, no son tangibles y, como tal, no pueden derrumbarse por fuerte que sea el terremoto, sino que permanecen ahí, sobrevolando la zona cero de la tragedia, esperando su momento.

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Sin  embargo, hay profesiones que ya estaban en crisis antes de ésta, profesiones que parecen sobrevivir más allá del dinero, del tiempo y del espacio, pero no de los sueños. Y es que, como decía Robert Graves, “no hay dinero en la poesía ni poesía en el dinero”. No pasa nada, no todo en la vida es dinero, nos dicen, y un puñado de valientes (podríamos decir emprendedores, que también, pero sobre todo son valiente) sigue apostándolo todo a la literatura, como escritores, como libreros, como editores… Ya lo dijo Bukowski, el penúltimo maldito que trabajaba de cartero mientras las editoriales le cerraban las puertas una y otra vez, “si vas a intentarlo, ve hasta el final”.

Uno de ellos es Bolo García, el alma de la poesía en la noche madrileña. Quedamos con él en La Piola, un bar coqueto y modernito del centro de la capital. Es poeta —su último libro, ‘Rojo bastante’, se compone de 84 azarismos, piezas muy breves cargadas de sarcasmo, reflexión y filosofía de las que es muy difícil despegarse, hay algo que te impulsa a volver a ellos una y otra vez— dirige la colección de poesía Hecho en Lavapiés de la editorial Amargord y organiza recitales, veladas en las que los versos dirigen el timón y te estrellan contra la belleza. Nos cuenta que en la poesía, en el arte en general, “hay más amor que materia” y que vivir de las letras es complicado. “Voy sobreviviendo”, dice. Por eso, ha empezado a hacer chapas, imanes y camisetas con sus poemas con el fin de crear su propia marca. “Siento que ha llegado el momento y, tras darle varias, muchas vueltas, matar al tío vivo y dado mi carácter independiente, personal, deseo ampliar mis propuestas hacia algo, si me permites el término, empresarial”, asegura en su página web. Y continúa: “Me acostumbré desde chico a comer todos los días y no hay terapia que me cure de costumbre tan arraigada”. Así que, ya sabéis, si queréis lucir un ‘No te entiendo casi todo’ o un ‘Lo prometido es duda’ os invito a dar un paseo por ella. Eso sí, cuidado, que, permitidnos la manida expresión, no os dejará indiferentes.

Elena Medel es cordobesa, del 85. Ha publicado los poemarios ‘Mi primer bikini’ y ‘Tara’, así como los cuadernos ‘Vacaciones’ y ‘Un soplo en el corazón’. Junto con la también escritora Alejandra Vanessa coordina el proyecto de agitación cultural La Bella Varsovia, que incluye una editorial de poesía y una escuela de escritura creativa.

“Me recuerdo siempre entre libros, de manera natural, porque sí, porque es lo que más me gusta, sin que nadie me obligara: leyendo, sobre todo, y escribiendo a veces. A mí me gusta contar cosas. Por todo esto trabajo en lo que trabajo: un picoteo de aquí y de allá, siempre en torno a la cultura. No lo decidí, sino que ocurrió”, nos cuenta. Por eso surgió La Bella Varsovia. Por eso y porque a las dos les impresionaba que textos de riesgo y calidad permaneciesen inéditos. “Decidimos publicarlos nosotras, y tuvimos que organizar presentaciones y ciclos para dar a conocer los libros, y de ahí saltamos a la gestión, los encuentros, los talleres, etcétera”, recuerda.

Sin embargo, y pese a este entusiasmo y amor por la literatura, aconseja a esos valientes que quieran hacer realidad ese sueño de vivir de la literatura “que despierten, me temo. Que se centren en disfrutar de la literatura: en leer buenos libros, en escribirlos. Eso es lo fundamental. Si luego obtiene algún tipo de beneficio económico, bienvenido sea. Pero es difícil, muy difícil en estos nuevos tiempos, más que algunos años atrás”.

Más optimista es Eva Boj, una librera que hace unos meses abrió su local, Atticus Finch, en el que hay mucho más que libros, en el madrileño barrio de Malasaña. Ella cayó en este mundo de manera fortuita y no se arrepiente: “Pese a las jornadas maratonianas de doce horas, ¡estoy feliz!”. Por eso, a los que están pensando en emprender en este mundo literario, les pide “que aprieten los dientes y por muchos impedimentos que encuentren tanto a nivel burocrático como económico, no se dejen vencer. La recompensa es inmensa. Trabajar en lo que uno ama es algo de privilegiados y a veces el dinero no lo es todo, ¿no?”

No, no lo es todo, porque “no hay dinero en la poesía ni poesía en el dinero”.

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